¡Qué condensación nuclear, qué atracción gravitatoria ni qué ocho cuartos! ¿Sabes lo que son los agujeros negros del cosmos? Se trata de auténticos agujeros, desgarrones del infinito, y son agujeros peligrosísimos, del diámetro de una copa. Parece inconcebible que una estrella pueda entrar por allí se encoge. A lo largo de millones y miles de millones de años se adensa y encoge, hasta adquirir el tamaño de un puño, de un limón, de una piedrecita, y el sortilegio se consuma. Se levanta un gran viento; más que un viento es un torbellino monstruoso que la llama, la invoca, le suplica, para atraerla hacia el agujero negro. La estrella no querría. Durante millones y miles de millones de años ha vivido sólo para entrar en aquel agujero, para eso se ha adensado y encogido hasta adquirir el tamaño de un puño, de un limón de una piedrecita, y ahora que el momento se aproxima, no querría. Porque desearía envejecer, apagarse en paz, yendo a la deriva. Espantada rechaza la invitación, se opone con toda su voluntad, con toda la fuerza de su peso, que es enorme, concentrado y enorme. Escapa. Se aleja con giros amplísimos, hasta los bordes del universo, se esconde tras las estrellas a las que el viento no llama; se defiende, se niega como si ignorase el destino que le aguarda desde que nació, o bien le faltara valor. Pero el viento es irresistible, capaz de vencer el peso más desmesurado y la voluntad más terca, de modo que la fuga de la estrella cada vez se torna más débil, sus evoluciones son cada vez más estrechas, tendiendo más hacia la dirección del agujero. A un cierto momento el espacio exterminado se reduce a un vórtice angosto y profundo, un remolino dentro del cual el infinito se desliza junto con el silencio, silencio que rueda y se envuelve en sí mismo para coagularse en torno a un misterio, y de repente aquel agujero negro se convierte en una galería sin luz, sin salida. O tal vez existe salida, pero tan remota que ni siquiera se entrevé. Y la estrella, exhausta, resignada, vencida, se deja tragar: cae de cabeza en la negrura, en el misterio que la conducirá quién sabe dónde. Al otro lado, dime: ¿qué hay?
Tus ojos brillan ansiosos a la claridad de la vela, y tu voz palpita:
-Al otro lado, qué hay El alfilerazo me hiere de nuevo y experimento un escalofrío. Sin embargo, esta vez no has hablado del automóvil; te has limitado a interpretar poéticamente una teoría científica para extraer de ella una leyenda, y desde luego que no eres tú la estrella que escapa.
-Es una leyenda magnífica”, balbuceo.
-No, es una realidad terrible”, respondes.
-Depende de cómo se entienda, Alekos.
-Sólo hay un modo de entenderla: los agujeros negros son la muerte.
-Si los agujeros negros fueran la muerte, cualquier estrella caería dentro. En cambio, succionan unas estrellas sí y otras no. ¿Por qué?
-Porque no todas las estrellas son castigadas. Los agujeros negros succionan aquellas a las que se castiga.
-¿Por qué se les castiga?
-Por haber buscado mundos distintos, donde cada cual es cada cual y donde existen la justicia, la libertad y la felicidad.
-No es un delito buscar mundos distintos.
-No, pero es un lujo que la dictadura de Dios no puede permitir, y tampoco la Montaña. Dios quiere hacernos creer que el suyo es el único universo posible, y la Montaña quiere hacernos creer que el suyo es el único sistema posible. Y quien se rebela termina en un agujero negro.
-Hablas como si creyeras en Dios.
-Es que creo, no sé que es, pero creo en él. Y le perdono porque no tiene elección y por tanto, no tiene culpa. Son los hombres los que tienen elección y por tanto tienen culpa.
-Sonrío
-Una vez conocí alguien que me dijo lo contrario. Los hombres son inocentes me dijo, porque son hombres.
-¿quién era?
-Un prisionero vietcong.
Extraído de UN HOMBRE O. Fallaci